La presión lateral es lo que mata una llanta con grieta en el costado, no tanto el tiempo. Cada curva, cada frenada, cada bache hace que esa grieta se abra más, y cuando menos te lo esperas te revienta en la carretera. No es como una pinchazo lento que te avisa poco a poco; una grieta lateral puede fallar de repente y sin previo aviso.
Lo más práctico que puedes hacer ahora es dejar de usarla para trayectos largos o de autopista. Si tienes que ir al taller, hazlo con cuidado, a velocidad baja, y lleva una llanta de repuesto o el número del asistente en carretera a mano. Mientras tanto, metete bajo el coche con una linterna y mira bien si la grieta solo está en la goma exterior o si ha llegado hasta la tela interior (eso es mucho peor). Si ves que es superficial, tienes un poco más de margen, pero no es algo que se repare, así que mejor cambiarla.
La verdad es que conducir con una grieta lateral es jugar con fuego. No cuesta tanto una llanta nueva como lo que te puede costar un accidente, así que si puedes este fin de semana, dirígete al taller. Si tienes que esperar, la usas solo para trayectos cortos por la ciudad a velocidad tranquila.