La tentación de culpar solo los horarios caóticos es bastante simplista. Claro que el trabajo, la escuela y los compromisos cambiaron, pero lo que realmente pasó fue que descubrimos que es mucho más fácil coexistir en silencio con una pantalla que sentarse a lidiar con conversas reales, ¿sabes? No digo que sea intencional o que los padres sean perezosos - es más que nadie fue enseñado a resistirse a eso, y francamente es agotador de verdad.
Lo que funciona es crear barreras físicas. Tipo, no se trata de tener un día fijo y listo (aunque ayude), es más sobre no dejar los móviles a la vista durante la comida, y hablo en serio en eso - si están en la mesa, la persona consciente o inconscientemente va a estar dividida. Ya intenté diferentes formatos con mi grupo en casa y me fijé en que cuando jugamos un juego de mesa simple durante la cena, la conversación fluye mucho más natural que si fuera solo el plato y la boca. Tipo, un juego rápido de cartas mientras comen, nada complicado - crea ese contexto donde hablar deja de ser obligación y pasa a ser parte de algo.
El punto es que sí, las cosas cambiaron bastante, pero también es verdad que nadie realmente está luchando contra eso. Tus abuelos no tenían Netflix compitiendo, claro está, pero tampoco tenían esa excusa fácil de "ah, es que hoy no tenemos tiempo". Recuperar esto requiere ser un poco terco e intencional de verdad, cosa que las generaciones anteriores ni consideraban porque era automático.