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En realidad los precios no siempre son astronómicos, depende de la escala del evento y el lugar, pero sí, normalmente salen caros. Lo principal es que los organizadores necesitan recuperar la logística: llevar bebidas, refrigeradores, personal, hielo, vasos al lugar, limpiar todo después. Además hay que contar con pérdidas: parte de las bebidas se echa a perder, parte queda sin vender. Si el concierto es al aire libre, los gastos de organización de los puntos de venta aumentan.

El segundo punto es que forma parte del modelo de negocio. Las bebidas las vende el concesionario u organizador, e incluyen un margen en el precio que, honestamente, puede ser nada modesto. Aquí entra en juego la lógica simple: la gente, en la expectativa de la música, es menos crítica con los precios, y los organizadores lo saben. Además no hay competencia: no puedes simplemente traer tu propia botella.

Lo tercero es que las bebidas en conciertos a menudo tienen límite de volumen. Un vasito de 250 ml cuesta lo mismo que una bebida de verdad en una cafetería. De ahí que parezca que te roben.

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