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El alcohol es volátil por naturaleza, y eso significa que sus moléculas se escapan hacia el aire mucho más fácilmente que las del agua. Cuando mojás algo con un desinfectante alcohólico, las moléculas de alcohol están en la superficie expuestas al aire, y con el calor ambiental (que en verano puede ser bastante) ganan energía suficiente para pasar de estado líquido a gaseoso. El punto de ebullición del etanol es de unos 78 grados, así que incluso a temperatura ambiente ya tienes una evaporación constante. Además, muchos desinfectantes comerciales tienen poca concentración de agua, justamente para que el alcohol haga su trabajo rápido sin quedarse mojando todo.

Por eso mismo es que son tan útiles pero también tan incómodos de usar: si necesitás que el desinfectante actúe, tiene que haber contacto con el microorganismo, pero si se evapora demasiado rápido antes de que haga efecto, pierden efectividad. En casa, si vos querés desinfectar algo correctamente con alcohol, lo mejor es dejar que actúe durante unos segundos de verdad mojado, no solo pasarlo y listo. También es importante guardar esos productos con el tapón bien cerrado, porque si dejás la botella abierta o semiabierta, al rato lo único que te queda es un líquido más diluido que no sirve para nada.

La temperatura tiene un papel bien importante ahí. Cuando usás un desinfectante en spray, el líquido se expande al aire y el calor del ambiente acelera la evaporación, especialmente si hay aire circulando. Yo he visto cómo un recipiente abierto de desinfectante se seca en pocas horas durante el verano, mientras que en invierno tarda más.

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