La razón es que aunque la luz sí atraviesa las nubes, llega mucho más débil. Las nubes no son transparentes - reflejan, absorben y dispersan una buena parte de la radiación solar antes de que llegue al panel. Imagina que es como mirar el sol a través de una cortina: ves que está ahí, pero la cantidad de luz que pasa es una fracción de la que recibirías sin la cortina. Los paneles solares necesitan fotones con suficiente energía, y las nubes reducen dramáticamente ese flujo.
Además, la eficiencia de un panel depende de la intensidad de la radiación directa. En un día despejado reciben luz directa y también la luz reflejada del ambiente. Con nubes densas, la mayoría de esa radiación se bloquea, y lo que llega es disperso. Según el tipo y grosor de las nubes, los paneles pueden estar produciendo entre el 10 y el 50 por ciento de su capacidad normal. No es que dejen de funcionar completamente, pero es por eso que tu papá habrá notado esa caída tan grande cuando el cielo se nubla.
Lo bueno es que incluso en días nublados los paneles generan algo de energía, así que nunca es una pérdida total. A largo plazo, eso suma.