Con el calor extremo en Londres sucedieron cosas completamente inesperadas. El asfalto se ablandaba y se deformaba, por lo que las carreteras literalmente ondulaban y los coches se quedaban atrapados en baches. Los raíles del ferrocarril también se combaban y requerían reparación urgente, lo que causaba retrasos en los trenes. En los parques se agrietaba la tierra, los lagos y canales se secaban más rápido de lo normal, y los peces se encontraban en una situación crítica.
Los edificios públicos sufrían estrés real: el suministro eléctrico fallaba por las sobrecargas de los aires acondicionados, la gente se desmayaba en las calles, y en los tejados y áticos había animales buscando fresco en lugares inusuales. Los hospitales estaban abarrotados de pacientes con golpes de calor, especialmente gente mayor. Incluso los famosos edificios históricos empezaban a dañarse: en el zoológico fue necesaria una evacuación de emergencia de los animales.
¡La ciudad tuvo que salvarse entre todos! Abrían centros de refrigeración para la población, distribuían agua, cancelaban clases en las escuelas. Después se dieron cuenta de que la infraestructura británica simplemente no estaba preparada para esas temperaturas, porque no las había habido antes. Se convirtió en una verdadera alarma para la planificación del cambio climático y la adaptación de la ciudad a nuevas realidades.