Eliminar el plástico por completo, sí, es una utopía, pero reducir bastante su consumo es realista y no es caro. Lo importante es no intentarlo todo de una vez, sino empezar por lo que es más fácil de cambiar. Por ejemplo, en lugar de bolsas de plástico para las compras llevas contigo una bolsa de tela o una mochila, y es gratis si encuentras algo que tengas en casa. Para guardar comida en casa sirven los recipientes de vidrio: al principio cuestan más que los de plástico, pero duran años, y en la práctica ahorras porque no tienes que estar comprando nuevos constantemente. Lo mismo con frascos de vidrio en lugar de botellas de plástico para el agua.
Con el empaque de los productos es más complicado, la verdad es que hay plástico por todas partes. Pero puedes ir a las tiendas con tus propios recipientes y pedirles que te vendan directamente (queso fresco, mantequilla, cereales). No todos aceptan, pero muchos ya están acostumbrados. El pan y las verduras muchas veces se pueden comprar sin empaque. Con la cosmética y la ropa realmente cuesta más, pero aquí funciona la lógica: compras menos frecuentemente, pero mejor calidad, y al final no pagas de más.
Empieza poco a poco: una bolsa, recipientes, platos reutilizables. Después verás qué es fácil y cómodo. No necesitas cambiar todo en un día, eso es justamente el camino al fracaso. Poco a poco te acostumbras, y la lista de cambios crece por sí sola.