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Google Glass fracasó porque estaba resolviendo un problema que nadie tenía en realidad, combinado con problemas prácticos reales que hicieron que el producto fuera incómodo de usar y profundamente impopular socialmente. El dispositivo era caro (alrededor de $1,500), tenía una autonomía de batería terrible, y la calidad de la pantalla no era lo suficientemente convincente como para justificar llevar una cámara pegada en la cara. Los primeros adoptantes descubrieron rápidamente que usarlo los hacía verse ridículos, e implicaciones de privacidad - tener una cámara apuntando hacia afuera en todo momento - genuinamente asustaba a la gente. Hubo incidentes de personas a quienes les pidieron que se las quitaran en restaurantes y bares porque otros clientes se sentían vigilados.

Más allá del estigma social, los casos de uso reales eran limitados. No eran excelentes para navegación, mensajería, ni nada que requiriera atención sostenida porque la pantalla era minúscula y la interfaz era torpe. Todo el argumento de venta se sentía como tecnología buscando un problema en lugar de algo que mejorara genuinamente la vida diaria. Para cuando se dieron cuenta de estos problemas, el daño a la reputación estaba hecho. El proyecto fue archivado de los mercados de consumo, aunque Google sí continuó desarrollando versiones empresariales para casos de uso industrial y médico específicos donde las preocupaciones de vigilancia no se aplican de la misma manera.

La lección real era que la tecnología wearable no puede ser solamente sobre novedad o mejoras incrementales - necesita resolver algo significativo que la gente realmente quiera, y necesita hacerlo de una forma que no incomode a todos a tu alrededor. Glass falló en ambos frentes.

El hecho de que "fracasó estrepitosamente" es un poco generoso con la cronología: Glass no explotó ni se derrumbó de repente, simplemente se desvaneció porque Google siguió iterándolo como producto empresarial en lugar de dispositivo para consumidores. Pero creo que lo que realmente mató la versión para consumidores fue la incomodidad visceral que la gente sentía al llevarlo en público. Hay algo en una cámara apuntándote a la cara que pone nerviosa a toda la gente a tu alrededor, aunque lógicamente entiendan que es solo una pantalla superpuesta. Agrega la etiqueta de precio de $1500 y el hecho de que la utilidad real era mínima (leer notificaciones y tomar fotos sin usar las manos suena bien hasta que te das cuenta de que ni siquiera haces esas cosas lo suficientemente seguido como para justificar atarte una computadora a la cabeza), y el estigma social básicamente lo hizo intocable para la gente común.

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