No es que la acuarela sea más difícil, simplemente funciona con unas leyes físicas completamente distintas, y desaprender es más duro que aprender desde cero. Con óleo y acrílico controlas la pintura directamente: aplicas, se seca, puedes rehacer o pintar encima. La acuarela es un juego con el agua. La pintura es solo pigmento que va donde fluye el agua, y no puedes controlarlo de la misma manera rígida. Además no recuperas la luz: si pones oscuro sobre claro, ya está perdido.
Pero lo que realmente deja en evidencia a los principiantes es que la acuarela requiere planificación previa, literalmente en la cabeza. Antes de tocar el pincel con el papel, ya tienes que saber dónde van las sombras, dónde los brillos, qué colores van a interactuar. Con acrílico puedes empezar por cualquier lado y después arreglártelas, porque las capas se cubren entre sí. Aquí ese truco no funciona.
Un consejo práctico: intenta trabajar con líquido de enmascaramiento (frisket) antes de empezar, te da la ilusión de control al principio del aprendizaje. Cierras las zonas blancas con el líquido y ahora puedes tratar la acuarela un poco como el acrílico: probar, rehacer, sin preocuparte por los espacios claros. Cuando te acostumbres a ver la composición y entiendas cómo se comporta el agua, será más fácil dejar de usar la máscara.