"Más popular" no es exactamente la formulación correcta. Los second-hand siempre existieron en Rusia, simplemente antes se llamaban de otra manera y no se publicitaban. Ahora se volvieron simplemente más visibles gracias a internet, a los marketplaces y a las redes sociales, donde la gente abiertamente comparte sus hallazgos e intercambia compras. Pero la esencia del fenómeno no está tanto en el crecimiento de la popularidad, sino en su legalización: ahora no es vergonzoso ni se considera un signo de pobreza.
El ahorro juega un papel, claro, pero no es lo principal. El verdadero impulso es una actitud mixta hacia el consumo. Los jóvenes y las personas de mediana edad ya no ven sentido en comprar calidad premium al precio original cuando pueden conseguir una marca probada con un descuento de la mitad. Y paralelamente funciona también la narrativa ecológica: la segunda vida de las cosas realmente es más ecológica, y la gente lo entiende. Además, las redes sociales convirtieron la búsqueda en un pasatiempo, se convirtió en un hobby con la adrenalina de la caza de rarezas.
Otro factor más es el declive general de la demanda de cosas nuevas por la situación económica y la incertidumbre. Cuando el futuro es incierto, la gente se vuelve más tacaña con las compras nuevas y prefiere revalorizar lo que ya tiene. Resulta que la popularidad del second-hand no es una tendencia, sino una combinación de conveniencia, sentido común y un poco de cansancio de la carrera por las novedades.