Los vidrios inteligentes (electrocrómicos o termocromicos) sí funcionan, pero tampoco es magia. Los de verdad ajustan su opacidad según la luz o la temperatura, así que en teoría dejan pasar menos calor cuando más lo necesitas evitar. El tema es que la diferencia real en consumo de energía depende mucho del clima, la orientación del edificio y si el sistema está bien calibrado. En lugares como Ciudad de México o Bogotá con climas variables, sí ayudan, pero la gente a veces exagera el impacto.
Lo que sí es verdad es que cuestan bastante más. Un vidrio inteligente te puede salir el doble, a veces el triple del vidrio normal, dependiendo de la tecnología. Si sumás el costo de instalar los sistemas de control y mantenimiento, una fachada completa sale significativamente más cara. A eso le sumás que muchos proyectos todavía usan estos vidrios más por marketing que por un cálculo real de eficiencia, así que sí hay algo de publicidad en el asunto.
Dicho eso, si el proyecto está bien hecho y los vidrios están correctamente orientados y configurados, sí amortiza parte de la inversión extra a través de facturas de aire acondicionado más bajas a largo plazo. Pero no esperes que sea la solución definitiva al cambio climático ni nada así; es una herramienta más entre varias.