También lo he notado en carne propia: hay períodos en los que estoy enfermo constantemente, y otros en los que casi no me acuerdo de los resfriados. Antes pensaba que era simplemente suerte o mala suerte, pero luego entendí: realmente depende de cómo vivas. La genética, claro, juega un papel, pero no tan grande como parece. He visto gente con mala herencia genética que, gracias a su estilo de vida, se enferman menos que sus conocidos supuestamente saludables.
Los principales enemigos de la inmunidad son lo que ya mencionaron: falta crónica de sueño, estrés constante, mala nutrición. Pero hay un aspecto que muchos pasan por alto: el organismo necesita adaptarse al frío. Suena raro, pero cuando estás todo el tiempo en el calor, siempre abrigado y evitando corrientes de aire, el sistema inmunológico se vuelve perezoso. Cuando empecé a tomar duchas de contraste y simplemente dejé de ponerme chaqueta por cualquier cosa, empecé a resfiarme menos. No porque me esté endureciendo en el sentido clásico, sino porque el organismo se acostumbra a las fluctuaciones de temperatura y reacciona más rápido ante las amenazas.
Otro punto: sal mucho a la calle, especialmente cuando vas al trabajo. Aire fresco, movimiento, luz solar: funciona mejor que cualquier vitamina. Y sí, existen las avitaminosis, pero normalmente son secundarias, no la causa raíz. Primero arregla el sueño, el movimiento y el estrés: eso sí que cambiará realmente la situación.