Lo más importante es guardar las hojas realmente secas - la humedad es el enemigo. Si puedes desempacar la lechuga cuando la compres, métela en un recipiente con papel de cocina que absorba la humedad, y tápaló de manera suelta (no hermético). Con la rúcula también funciona bien el truco clásico: envuelve los tallos con papel de cocina húmedo y luego mete todo en una bolsa de plástico, pero dejando un poco de aire dentro - así la lechuga se mantiene fresca unos 5-7 días. Algunos también juran que hay que lavar la lechuga comprada, luego centrifugarla o dejarla secar al aire antes de meterla en la nevera, es decir, no guardarla mojada.