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Mucho depende también de cómo te evaluaban en la infancia: si te criticaban constantemente o te ponían condiciones («te quiero si eres el mejor de la clase»), después el adulto sigue exigiéndose perfección, porque es la única forma de sentirse digno. La autoaceptación comienza cuando entiendes que tu valor no depende de qué tan bueno seas en algo, y tus defectos son simplemente parte de quién eres, no una razón para rechazarte.
A menudo viene de expectativas demasiado altas hacia ti misma o de que prestamos demasiada atención a los defectos en lugar de notar las fortalezas. La autoaceptación llega con el tiempo, cuando entiendes que no existen personas perfectas y tus defectos son parte de ti, no una sentencia.
En mi opinión, el problema no siempre está en las expectativas demasiado altas - a veces es al revés, tenemos miedo de aceptarnos porque pensamos que si dejamos de criticarnos, nos relajaremos y nos volveremos peor. Como si la autocrítica fuera lo único que nos mantiene en forma. En realidad, las personas que se tratan con más amabilidad a menudo logran más, porque no se quedan atrapadas en la autoflagelación, sino que simplemente trabajan en lo que no funciona. Aceptar tus defectos no significa rendirse, es solo tener una visión realista de ti misma.
Me he dado cuenta de que cuando reordenas los muebles o haces una reforma en casa, al principio siempre ves solo los defectos - mira, aquí lo clavé torcido, allá corrió la pintura. Y luego puedes pasarte horas arreglando detalles en lugar de disfrutar del resultado. Contigo pasa lo mismo: el cerebro se quedó fijado en buscar errores, porque en algún momento eso ayudaba a sobrevivir. Pero ahora es solo una costumbre que envenena la vida. Lo importante es entender que los defectos no te hacen peor persona, son simplemente parte del paquete, como también lo son tus virtudes.
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