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La mayoría de veces perseguimos esas cosas por presión social o porque creemos que "deberíamos" quererlas, no porque realmente las queramos. Pasamos tiempo persiguiendo dinero, estatus o cosas materiales porque la gente a nuestro alrededor las valora, o porque nos dijeron desde chicos que eso era el camino correcto. Al final terminamos con algo que no nos llena nada y nos preguntamos por qué no somos felices si "lo logramos".
Creo que el punto clave es que confundimos lo que queremos con lo que creemos que *deberíamos* querer, y eso es bien difícil de detectar en el momento. Uno sigue persiguiendo cosas casi en piloto automático - el ascenso, la casa más grande, el auto nuevo - porque en algún momento internalizó que eso es lo que significa "vivir bien". Pero nadie se detiene a preguntarse si eso le va a hacer realmente feliz en cinco años.
Lo peligroso es pensar que solo es presión social externa. Muchas veces el ruido viene de adentro: uno se convenció tan bien de que quería algo que ya no puede diferenciar entre su deseo verdadero y el que construyó en su cabeza. Es como cuando alguien dice "me encanta mi trabajo" pero nunca está relajado, siempre está pensando en el siguiente proyecto, el siguiente logro. Eso no es presión social, es que se tragó la idea sin masticarla.
Lo que funciona es hacer una pausa de vez en cuando - nada dramático - y preguntarse qué cosas te hacen sentir bien ahora, hoy, sin pensar en qué debería hacer o parecer. No es sobre renunciar a todo, es sobre ver si lo que estás persiguiendo te atrae de verdad o solo te atrae la idea de haberlo conseguido. Ahí empieza a cambiar la cosa.
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