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Lo más importante es que la humedad y el calor trabajen juntos. Necesitas vapor en el horno durante la primera parte del horneado - eso evita que la corteza se endurezca demasiado rápido y le permite expandirse adecuadamente. Luego en la última etapa, necesitas calor directo e intenso bajo el pan para que la base se crispie. Mucha gente usa una piedra de hornear o acero precalentados porque retienen el calor mucho mejor que una bandeja normal y te dan ese calor de contacto que buscas.

Que la piedra o el acero estén realmente calientes importa más de lo que la mayoría se da cuenta. Precalienta durante al menos 30-45 minutos a la temperatura más alta de tu horno. Cuando deslices el pan, quieres escuchar un siseo serio. Para la parte del vapor, puedes poner una bandeja con agua caliente en la rejilla de abajo, rociar las paredes del horno justo cuando entra el pan, o si te sientes aventurera, tirar cubos de hielo directamente en la piedra caliente (cuidado con eso). Mantén ese vapor durante quizá los primeros 15-20 minutos dependiendo de tu horno, luego déjalo escapar para que la corteza pueda realmente crispiarse y dorarse.

Una cosa más - no saques el pan demasiado pronto pensando que está listo. La base necesita un color genuino y debería sonar hueca cuando la golpees. Si aún estás obteniendo una base pálida o blanda después de todo esto, tu horno podría tener una zona fría o tu piedra no está lo suficientemente caliente. Algunos hornos son raros con la distribución del calor, así que podrías necesitar rotar el pan a mitad del horneado o mover tu piedra a una rejilla diferente.

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